El vestido que la convirtió en mi ama
Empezó con un tanga rojo y un «póntelo, amor». Terminó con ella sonriendo desde la encimera, decidiendo por los dos cómo iba a ser el resto de mi vida.
Empezó con un tanga rojo y un «póntelo, amor». Terminó con ella sonriendo desde la encimera, decidiendo por los dos cómo iba a ser el resto de mi vida.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
Llegué a su casa una hora antes que mi novia. Mi suegra abrió la puerta con bata corta, un whisky servido y una sonrisa que no era inocente.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.
Llevábamos casi cuarenta años juntos, pero esa noche Marta se sentó frente a mí y empezó a contarme, sin un solo filtro, lo que había hecho en el baño de aquel bar.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Solo iba a estacionar la camioneta. Pero el teléfono de mi padre se encendió en el asiento, y lo que descubrí cambió la forma en que miraba a mi madrastra.
Llegó con la mochila al hombro y un trabajo a medias. No imaginó que esa tarde alguien le ordenaría sentarse recta y mirarlo a los ojos.
Tenía claro que no le haría nada a ese chico de mirada rota. Pero entonces encontró los vídeos que guardaba en mi disco duro, y todo lo que pasó después lo decidió él.
Tres meses después de aquella primera charla en el sofá, le acomodé el vestido, le aparté el tanga con dos dedos y la mandé sola al hotel sabiendo que volvería marcada.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Volví por segunda vez al antro buscando placer y un chico nuevo me eligió. Lo que prometía ser una clase fácil terminó marcándome de una forma que no esperaba.