Mi vecina dominante me enseñó a obedecer
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Toqué la puerta sabiendo que esta vez había ido demasiado lejos, y que la mujer que abriría no aceptaba excusas: solo obediencia.
Le dije que ninguna mujer se abría de piernas para él tan fácil. Él solo sonrió y respondió: «Ya lo veremos». No sabía lo que escondía detrás de esa puerta.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Me ordenó que me desnudara en el pasillo del hotel, donde cualquiera podía verme, y que volviera a llamar a la puerta solo cuando estuviera completamente desnudo.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
En el templo de obsidiana, Nerea apretó los dedos contra su propio vientre y susurró el deseo que la consumía: ser, por fin, el espejo exacto del cuerpo doble de su amada.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
El clic de las esposas me despertó: mi muñeca encadenada a la de él, y un mensaje en el teléfono con una sola orden. En veinte minutos llamarían a la puerta, y debíamos abrir así.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
Llevaba semanas soñando con esa tarde, pero nada me preparó para la primera orden que me diste apenas cerraste la puerta detrás de mí.
La mujer que me encadenó en aquel sótano no buscaba placer: buscaba enseñarme, golpe a golpe, que mi cuerpo ya no me pertenecía y que su palabra era la única ley.
Me ordenó entrar al confesionario con la lencería más fina y susurrarle mis pecados al padre. Lo que no esperaba era que él decidiera ponerme una penitencia.