El regalo anal para el amigo de mi esposo
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Nos hicimos pasar por pareja para evitar idiotas, pero entre alcohol, celos y roce, terminamos cruzando una línea que ya no pude fingir.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando aceptó que yo la probara antes de su primera cita, supe que ya no había vuelta atrás.
Solo iba a venderle un tanga mojado, pero cuando me dio la primera orden ya estaba abierta de piernas, temblando y deseando obedecer.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
El olor entre mis piernas ya me tenía ardiendo, pero no imaginaba quién iba a usar ese fetiche para ponerme de rodillas.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
En la galería fingía tenerlo todo bajo control, hasta que un desconocido me ordenó soltar la copa y obedecer.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Cuando levanté la mirada del sofá, ella estaba en la puerta de mi salón, mirándome con una calma que tendría que haberme dado más miedo del que me dio.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Me ofreció la libertad a cambio de una disculpa. Yo abrí la boca para decir exactamente lo que ella no quería oír, porque mi lugar ya no estaba afuera.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.