El castigo que aquel matón nunca olvidará
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Preparé media hora de provocaciones para una sala llena de mujeres. Lo que no preparé fue lo que harían ellas conmigo cuando perdí el control.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Mi padre nunca volvió a mirarla igual después de aquella semana. Yo tampoco, cuando supe lo que había hecho para salvarnos a todos de la ruina.
La primera orden llegó a las siete de la tarde y entendí que esa noche obedecería todo, sin preguntar, frente a una cámara y a un hombre que solo conocía por su voz escrita.
Crucé su puerta vestido de hombre sin imaginar lo que esperaba detrás: el cuero, la peluca rubia y unas cuerdas que me entregarían por completo a él.
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
Evitó mirarlo a los ojos cuando abrió la puerta, porque temía que él descubriera lo que llevaba meses callando: que deseaba al hombre que dominaba a su propia hija.
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Tres faltas, tres castigos. Y por primera vez alguien la obligaba a decidir cuál sufriría: lo más duro no era el dolor, sino tener que escogerlo ella misma.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Cuando entró el grupo de cuatro amigas, pensé que solo querían un susto. No imaginé que sería yo quien terminaría a su merced, sin manos para defenderme.