Esa noche tomé el control bajo la mesa
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Cuando ella abrió el bolso en el parking, Diego entendió que aquella tarde no iba a terminar como había imaginado.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llegué al complejo buscando un cuerpo que obedeciera sin preguntar. Lo que encontré esa tarde superó todo lo que había imaginado.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.