Atado al colchón, Rubén terminó rogando por más
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.
Cuando sonó el disparo del Mariscal, supe que esa sería nuestra última noche. Lo que no imaginé fue en qué se convertiría la fiesta al apagarse las luces.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Llevábamos meses metidos en el ambiente, pero esa noche, entre la mazmorra y el club, descubrí hasta dónde era capaz de llegar mi mujer cuando se soltaba del todo.
Esa noche me arrodillé mientras otro hombre poseía a mi esposa sobre la mesa. Él se creía el dueño; ninguno de los dos sospechaba lo que en verdad pasaba entre nosotros.
Cuando entró en aquel club oculto tras una librería de teología, Marlene supo que la libertad de su marido se pagaría con cada prenda que dejara caer ante el juez.
La tenía catalogada como inaccesible: la directora altiva que paralizaba mi hipoteca. Hasta que la vi entrar al club del brazo de su marido, dispuesta a todo.
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.