Me obsesioné con el padre de mi mejor amiga
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.
Historias reales contadas en primera persona
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.
Me lancé al lago sin pensarlo dos veces. Cuando salí del agua, mi ropa, mis botas y mi mochila habían desaparecido. Estaba sola y desnuda en la selva.
Cuando abrí la puerta y lo vi allí plantado, con la gorra entre las manos y la entrepierna apretada, entendí al instante por qué mi padre lo había enviado.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Mintió delante de todos en el estacionamiento para subirse a mi coche. Antes de salir de la ciudad, ya había buscado mi mano. Y yo tampoco quería volver a casa así.
La llave de mi jaula colgaba entre los pechos de mi esposa, a la vista de sus tres amigas, cuando ella sonrió y anunció que yo haría cualquier cosa esa noche.
Cuando vi al hombre acercarse por el camino, él me apretó la cabeza con más fuerza. No pensaba detenerse. Ni yo quería que lo hiciera.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.
Bajé al evento solo por la banda, pero terminé sentada sobre las piernas del único hombre del salón al que llevaba semanas evitando con la mirada.
Cuando lo escuché abrir la puerta, llevaba tres meses imaginándome ese momento. Lo que no imaginé fue cómo me iba a desarmar con su barba rozándome la piel.
Tenía veintiséis años y nunca había hecho nada parecido. Entré a esa sala con las manos temblorosas y salí siendo otra persona.
Era solo un recado: llevarle la plata al mecánico. Pero cuando subí esa escalera de metal y entré a la oficina, supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Cuatro hombres pagaron por usarme en un almacen. Mi hija controlaba la puerta. Esa noche deje de ser quien era.
Valentina vio el bulto bajo los shorts y no lo ignoró. Se puso de pie, miró a los lados para confirmar que la sala estaba vacía, y se acercó despacio.
Cuando se desabrochó el botón del pantalón en el asiento del copiloto, supe que esa tarde no iba a llegar a casa por el camino más corto.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
Bajé al aeropuerto con un vestido rojo demasiado ajustado y un secreto entre las piernas. Esa noche el rojo se nos metió en la piel, en la boca, en todo.