Aquel verano con mi primo terminó por rendirme
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
Historias reales contadas en primera persona
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
Cuando subía a tender la ropa no siempre tendía la ropa. Empezó con una mano en la cintura en la azotea, y terminó con las llaves en tu buzón y esta carta sobre la mesa.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Era alto, gracioso y no era para nada mi tipo. Pero esa madrugada me subí a su carro sabiendo que iba directo a meterme en problemas, y no me arrepentí.
Tenía tres meses sin escribir una sola línea decente. Lo que no imaginé es que mi bloqueo se curaría por el lado más inesperado de mi propio cuerpo.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Ella se agachó a recoger los trozos de la taza rota sin saber que, desde el marco de la puerta, alguien la observaba sin respirar.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Cada tarde corría la caja que hacía de puerta y se sentaba a mi lado, como si ese rincón estrecho fuera el único lugar del mundo donde podíamos ser otros.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Llevaba toda la vida diciendo que eso no era para mí. Una noche, después de cerrar el bar, un hombre me demostró cuánto me había equivocado.
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.
Cada vez que ella empujaba la puerta del bar, seis hombres se levantaban a la vez, como si hubieran ensayado esa escena cientos de noches.
Pensé que era una noche más de estudio hasta que ella giró la cabeza, me miró fijamente y dijo aquella frase que lo cambió todo entre nosotros.
Le pinté las uñas de rojo para su cita con otro hombre. Ella tenía la única llave de lo que me mantenía encerrado, y esa noche lo cambió todo.
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.