Confieso lo que imagino cuando suena esa canción
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Historias reales contadas en primera persona
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Tenía cuarenta y siete años y una sed que ningún hombre le había calmado nunca. Esa madrugada, en el parque desierto, decidió que ya no iba a fingir lo contrario.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Acababa de levantar el trofeo más grande de mi carrera. Lo que hice después, con él arrinconado contra los azulejos, no aparece en ninguna crónica deportiva.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Le escribí a media docena de chicas pidiendo lo mismo. Solo una respondió, y aquella tarde, en el baño de un centro comercial, descubrí algo que no esperaba.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Damián llegaba cada viernes con vino y una sonrisa de marido ejemplar. Tomás dormía feliz al otro lado de la pared, sin saber que esos ruidos eran la única verdad que les quedaba.
De día tenía un nombre corriente y pasos prácticos. De noche, entre luces rojas, elegía a un desconocido y no fallaba jamás.
Esa mañana solo quería una ducha tranquila. No imaginaba que alguien entraría detrás de mí, ni que del otro lado de la puerta había una testigo que no pensaba irse.
Nunca pensé que sería capaz de algo así, pero el ultimátum del banco estaba sobre la mesa y solo se me ocurrió una salida que ninguno de los dos olvidaría.
Cerró la puerta sin echar la llave y se quedó mirándolo, sin saber todavía que ese hombre estaba a punto de desmentir todo lo que ella creía sobre el sexo casual.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Llevaba tres semanas divorciada y creía que ya no sabía desear. Esa primera noche en alta mar, un desconocido apoyado en la barra me demostró que estaba equivocada.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.
Empezó con su mano dentro de mi pantalón mientras fingíamos mirar la pantalla. Ninguno de los cuatro dijo nada hasta que ya fue imposible parar.
Solo buscaba un sitio donde dormir. No imaginaba que un agujero en su pantalón de pijama terminaría cambiándolo todo aquella noche.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.