La confesión de mi primera vez con su boca
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.
Historias reales contadas en primera persona
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Empezó con una broma sobre su blusa abierta, pero cuando me retó a sostenerle la mirada supe que esa noche no iba a terminar en la mesa.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Volví de la playa temblando por el esfuerzo, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron sus manos y lo que imaginé hacer con ellas sobre mi cuerpo.
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
Cuando bajé del muro, él ya me esperaba con la polla en la mano y una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que yo iba a hacer.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Solo iba a venderle un tanga mojado, pero cuando me dio la primera orden ya estaba abierta de piernas, temblando y deseando obedecer.
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Nunca olvidé la tarde en que sus dedos dejaron las teclas, bajaron por mi vientre y me hicieron correrme sin dejar de dar la lección.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.