Lo que pasó en la cala nudista no debió pasar
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Volví antes de tiempo, abrí la puerta de casa y entendí que el silencio entre nosotros tenía un nombre, una voz grave y una sonrisa que no era para mí.
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.
Me abrazó por detrás mientras yo buscaba el hielo en la cocina, y cuando su lengua rozó mi cuello supe que aquel niño se había convertido en un hombre.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
Eran las nueve de la mañana de un domingo y yo era el único en la calle. Por eso fui el único que la vio salir de la tienda casi desnuda, sin saber que la observaba.
Llevábamos media vida midiéndonos en silencio. Hasta que la mujer que él perseguía tocó mi puerta una madrugada de agosto y eligió quedarse.
Cruzamos una sola mirada entre los percheros y supe que esa tarde no iba a volver a casa siendo la misma. Él tampoco lo sabía todavía.
Me tomo la pastilla, elijo bien y me dejo llevar. El morbo no está en el riesgo, está en perder el control con alguien que sabe exactamente lo que quiero.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
A los sesenta y cuatro años, Amparo sacó del armario la minifalda de cuero que nunca se atrevió a usar. Esta vez sí pensaba ponérsela: él llegaba el lunes.
Llevábamos cinco días encerrados en la misma cabina, y esa madrugada, con el motor apagado y el calor pegándose a la piel, dejé de fingir que no lo deseaba.
Quería una rosa en el glúteo derecho. Lo que no imaginé fue lo que sentiría cuando las manos de aquel desconocido empezaron a recorrer mi piel desnuda.
No quería que me tomara. Quería que me reclamara, despacio, hasta que dejara de reconocerme. Esa noche aprendí que rendirse también es una forma de poder.
Subí la persiana solo un poco, como siempre. Pero esa noche Marina estaba frente al espejo, y por primera vez no apartó la mirada de mi ventana.
Salimos del último bar muy borrachos, sin imaginar que esa calle desierta nos llevaría a algo que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta.
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.