Don Mauricio, el proveedor maduro que me deseaba
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Todos en la sala de espera nos miraron cuando entramos de la mano. Ninguno imaginaba el secreto que yo guardaba debajo de aquella tranquilidad mía.
Llevaban quince años casados y aún se sorprendían. Esa noche, en el despacho, ella entró vestida de rojo dispuesta a cumplir el juego más prohibido de los dos.
Llevaba dos semanas sin volver, pero su mensaje a medianoche me encontró en la cama, casi desnuda y sin un solo argumento para decir que no.
Le escribí «puerta entreabierta, si te atreves» y apagué casi todas las luces. Cuando subió las escaleras, supe que ya no había vuelta atrás.
Desperté con su cuerpo pegado al mío y su respiración en mi nuca, y supe que sería el fin de semana que llevaba meses imaginando.
Nos preparamos como siempre: vestido ceñido, nada debajo y el deseo intacto. La doctora nos esperaba esa misma tarde y las dos sabíamos a qué íbamos.
Tenía la seriedad de quien conoce el efecto que provoca y elige administrarlo gota a gota. Esa noche, sobre la camilla, dejé de fingir que solo iba por la espalda.
Tenía las maletas en el coche y la renuncia en la mano. Solo le faltaba cruzar una puerta más antes de empezar de cero, y esa puerta lo cambió todo.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
Los dos teníamos pareja y los dos lo sabíamos. Aun así me quité el suéter en el asiento del copiloto y dejé que me mirara como llevaba semanas queriendo mirarme.
Durante casi un año tuve dos vidas: la esposa perfecta de la cena familiar y la mujer que esperaba el lunes para encontrarse con él en aquel hotel de las afueras.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Cuando el DJ dijo mi nombre y el club entero cantó, no imaginé que la mejor parte de mi cumpleaños empezaría mucho después, lejos de la pista.
Lo conocí recogiendo el correo. Una semana después estaba de rodillas en el cuarto de contadores, preguntándome cómo había perdido el control tan rápido.
Nunca planeé que terminara así, pero cuando él abrió la puerta y nos vio, supe que esa noche iba a elegir con el cuerpo y no con la cabeza.
Mientras la aguja caía sobre el vinilo, ella se reclinó en el sofá y susurró que era completamente suya. Lo que pasó esa tarde duró mucho más que la música.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
La idea fue suya: buscar a un desconocido que me hiciera lo que él no se atrevía. Lo que no calculó es que yo no volvería a mirarlo igual.