Lo que pasó junto a la hoguera mientras él dormía
Marisol no podía dormir. Salió de la cabaña dejando a Gonzalo entre sueños y caminó hacia la hoguera, donde el guía silencioso la esperaba. Esa noche cruzaría una línea sin retorno.
Marisol no podía dormir. Salió de la cabaña dejando a Gonzalo entre sueños y caminó hacia la hoguera, donde el guía silencioso la esperaba. Esa noche cruzaría una línea sin retorno.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Cuando abrió la puerta de mi estudio supe que no venía por la herencia. Venía por lo que dejamos a medias hace diez años, y yo llevaba todo ese tiempo esperándola.
Hace siete años que firmamos el divorcio y nunca dejé de buscarlo. Lo que extraño no es a él: es lo que me hace cuando nadie más nos ve.
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Sebastián le pidió que lo rompiera todo. Lo único que se rompió fue la promesa que le había hecho, en la cama de un desconocido que olía a triunfo.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Para ella es solo cariño, una forma de cuidarlo. Para él es amor. Y entre los dos crece un secreto que late cada noche a pocos metros de su novio dormido.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que se desnudara él también. Era lo justo: él ya me había visto sin ropa en la pantalla y yo llevaba toda la tarde fingiendo curiosidad técnica.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Cuando los dejé solos en el bar del hotel solo quería darles intimidad. No imaginé que ella subiría con otro hombre y yo me quedaría esperando abajo.
Aceptó el trabajo para huir de una relación apagada. Lo que no imaginó fue que aquel jefe arrogante escondiera a un hombre capaz de dejarla sin aire.
Bajó por agua y los encontró riendo en el jardín. Esa noche, de rodillas en el pasillo, decidí recordarle a mi marido a quién pertenecía.
Volví al cuarto sin hacer ruido para no despertarlo, y lo encontré con mi ropa interior entre los dedos y la sábana levantada como una tienda de campaña.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Cuando el médico me dijo que nunca tendría hijos, creí haberlo perdido todo. No imaginé que la respuesta estaría sentada frente a mí, brindando como si nada.