El mensaje del padre de mi amiga lo cambió todo
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Escuché sus pasos firmes en la cocina y bajé la mirada sin atreverme a sostenerla. Ya no era el hombre que fui: era lo que ella había decidido que yo fuera.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
La tormenta de arena se llevó a toda la caravana. Solo quedó él, vagando entre dunas, hasta que una figura oscura apareció en el horizonte para salvarlo.
Evitó mirarlo a los ojos cuando abrió la puerta, porque temía que él descubriera lo que llevaba meses callando: que deseaba al hombre que dominaba a su propia hija.
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Acepté la invitación porque me sentía especial. Desperté desnudo, con un collar al cuello y una mujer que ya había decidido en quién iba a convertirme.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Me tomo la pastilla, elijo bien y me dejo llevar. El morbo no está en el riesgo, está en perder el control con alguien que sabe exactamente lo que quiero.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
No quería que me tomara. Quería que me reclamara, despacio, hasta que dejara de reconocerme. Esa noche aprendí que rendirse también es una forma de poder.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Tres faltas, tres castigos. Y por primera vez alguien la obligaba a decidir cuál sufriría: lo más duro no era el dolor, sino tener que escogerlo ella misma.
Llevaba dos semanas sin volver, pero su mensaje a medianoche me encontró en la cama, casi desnuda y sin un solo argumento para decir que no.
Nos preparamos como siempre: vestido ceñido, nada debajo y el deseo intacto. La doctora nos esperaba esa misma tarde y las dos sabíamos a qué íbamos.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.