Lo que mi mujer hizo en la cabina del sex shop
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
La curiosidad de Bruno despertó algo en mí que ya no pude controlar: quería que mi entrenador me tocara de verdad, no solo en mis palabras.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Llevo años fingiendo en la cama. Esa noche, mientras él pedía otra copa, crucé una mirada con el hombre de la barra y supe que no volvería sola del baño.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado y el vestido pegado a la piel desnuda. Sabía que él la observaba desde la ventana, y que esa noche el juego ya no tenía marcha atrás.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Tenía cuarenta y siete años y una sed que ningún hombre le había calmado nunca. Esa madrugada, en el parque desierto, decidió que ya no iba a fingir lo contrario.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
De día tenía un nombre corriente y pasos prácticos. De noche, entre luces rojas, elegía a un desconocido y no fallaba jamás.
Esa mañana solo quería una ducha tranquila. No imaginaba que alguien entraría detrás de mí, ni que del otro lado de la puerta había una testigo que no pensaba irse.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
«Solo los tres primeros niveles», le prometí en el avión. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde nos llevaría ese cuaderno de retos antes de volver a casa.
Les dije que mi consuelo era más efectivo que cualquier bebida fría. Me quité la ropa antes de entrar y esperé a que el agua caliente me delatara entre el vapor.
Volvíamos del cine helados de frío, pero en cuanto las puertas del ascensor se cerraron supe que esa noche no íbamos a subir directos a dormir.
Cuando la puerta del cubículo se abrió unos centímetros, supe que Nuria me dejaba mirar a propósito. Lo que no imaginé fue cómo terminaría la noche.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.