Encontré a mi marido con otra y me cobré la traición
Bajé del auto creyendo que iba a defenderlo y terminé viéndolo con una desconocida sentada en sus piernas. Lo que hice después no lo planeé: simplemente dejé de tener miedo.
Bajé del auto creyendo que iba a defenderlo y terminé viéndolo con una desconocida sentada en sus piernas. Lo que hice después no lo planeé: simplemente dejé de tener miedo.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Nadie en aquel sendero imaginaba lo que yo llevaba puesto bajo la ropa, ni la mujer salvaje que el roce del aire terminó por despertarme esa tarde.
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Pensé que el balneario estaba vacío hasta que escuché las risas. Cinco voces jóvenes, cinco miradas que no se desviaron del bikini blanco mojado contra mi piel.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
Cuando Lucía empezó a quedarse a dormir en casa, yo aún no sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Esa noche, frente a todos, se quitó el vestido sin que nadie se lo pidiera.
Estaba arrodillada sobre el asiento del copiloto cuando él susurró el nombre de su novia. Levanté la vista por el polarizado: caminaba hacia el auto.
Nadie sabía mi verdad. Iba a los partidos solo por sus piernas, hasta que aquella tarde él levantó la vista y me sostuvo la mirada como si supiera todo.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
Cuando me giré para lavarme las manos lo vi en el espejo: alto, canoso, con el cierre abierto y la mirada clavada en la mía. Mi noche recién empezaba.
Quería que la imaginaran desde lejos. No esperaba que ella organizara la escena, ni que mi cómplice de pantalla apareciera con una linterna en la mano.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.