Lo que pasó en la playa nudista al caer el sol
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
Marqué las tres y media cuando entré a aquel baño desierto. No eché el pestillo. Fue el error —o el acierto— que cambió para siempre lo que creía saber sobre mí.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.
Cuando abrí los ojos en el baño de vapor, él ya me estaba mirando. Y yo sabía perfectamente quién era, aunque jamás creí tenerlo tan cerca.
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Había hecho tres mil metros a muerte y solo quería el agua caliente sobre los hombros. Entonces él se giró bajo la ducha de al lado y supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Cruzamos la cortina negra y la oscuridad se nos tragó: solo dos luces rojas, el latido del techno y un colchón rodeado de sombras que ya nos esperaban.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Cuando entramos desnudos y chorreando, los tres tipos que se enjabonaban se apartaron sin decir nada y nos dejaron el centro, como si supieran que la noche todavía no había terminado.
Salimos de las duchas envueltos en toallas cortas, temblando de frío. En el jacuzzi nos esperaban dos desconocidos que sonreían como si acabaran de encontrar la cena.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
Tenía novia y se hacía el duro, pero esa noche, encerrados en el cubículo del baño, fue él quien me puso la mano en la nuca y me pidió que se la chupara bien.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Levanté la vista del móvil y sus ojos ya estaban clavados en los míos desde el otro extremo del aparcamiento. No hizo falta una sola palabra.