Aquel fin de semana mi fantasía dejó de ser un juego
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Llevábamos años jugando a desear a otros entre susurros. Esa noche, en la mesa de un restaurante, mi marido me deslizó una idea que ya no tenía vuelta atrás.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Cuando me dijo «quítate la blusa en el estacionamiento», pensé que era una broma. Diez minutos después, su esposa nos miraba desde su cama por videollamada.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Me contrataron para servir copas con minifalda y medias. No imaginé que la invitada más elegante de la noche terminaría llevándome al rincón más oscuro del jardín.
Crucé la abertura prohibida del depósito buscando adrenalina con un desconocido. Lo que no imaginé fue quién me esperaba del otro lado, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Le exigí su tanga antes de embarcar y le metí dos juguetes con control remoto. Doce horas de vuelo, mi móvil en el bolsillo y una desconocida en el asiento contiguo.
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Llevaba tres días sola en casa y la calentura no me dejaba dormir. Eran las cinco de la mañana cuando me puse la falda más corta sobre las medias de red y salí a la calle vacía.
Llevaba años vistiéndome a escondidas, pero esa noche me puse las botas, las medias de rejilla y el vestido de terciopelo, y crucé la puerta siendo ella.
Lo reconocí en el andén después de veinte años y subimos al mismo vagón. Para cuando llegamos a la tercera estación, su mano ya estaba donde no debía.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Tres y media de la tarde, sin bragas y con un plan muy claro en la cabeza. Lo que no calculé fue quién terminaría hablándome a través de la puerta.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Habían tardado semanas en coincidir. Cuando por fin cerraron la puerta del coche, el ruido del parking se apagó y ya no hubo excusas para seguir fingiendo que solo eran amigos.