Confesión de una sumisa en una noche extrema
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.
Yo fingía mirar la pantalla mientras él me abría el pantalón bajo su sudadera y me hacía temblar en la última fila.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Cuando su cuerpo se pegó al mío en la kizomba, entendí que esa noche no iba a quedarme a medias con aquella mujer madura.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Al principio solo eran besos torpes y caricias sobre la ropa; después, él empezó a pedirme que me dejara mirar y mostrar cada vez más.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Apenas cerró el auto en ese descampado, supe que no íbamos a volver a casa tan rápido.
Todo empezó como una broma entre amigos, hasta que ella me buscó en la arena, me apretó entre sus manos y dejó claro que no había ido a hablar.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.