La noche que mi novio me ofreció a su mejor amigo
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Llevaba meses imaginándolo: un vestido negro, unos tacones brillando bajo las luces y yo parada en una esquina, a la vista de todos los que pasaran.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Crucé la puerta del bar con tacones nuevos y el corazón en la garganta. No imaginaba que esa noche entraría alguien de mi pasado.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.