Mi primer patrullaje acabó en castigo y sumisión
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
Cada mensaje en la pantalla la acercaba más a mí, hasta que me citó en el baño del tercer piso y supe que ya no había vuelta atrás.
Cerré la cortina para probarme un vestido y acabé empapada, de espaldas al espejo, viendo cómo su erección ya no cabía en el pantalón.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Se sentó a mi lado cuando apagaron las luces, y antes de medianoche ya estaba imaginando su mano subiéndome el vestido.
Cuando se quitó el bikini delante de desconocidos, supe que no iba a conformarme con mirar el mar.
No alcanzamos a llegar al hotel: en cuanto vimos el callejón vacío, supe que iba a follarme ahí mismo contra la pared.
La vi cruzar el parque con una calma fingida, sabiendo que cada paso estaba diseñado para que alguien le clavara los ojos encima.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Aquel bulto duro en el tren no me tocó solo el culo; me abrió una puerta que ya no he podido cerrar.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Me puse el vestido que él eligió y, cuando sentí las miradas clavadas en mi culo, entendí por qué a mi marido le excitaba exhibirme.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.