Mi confesión gay en un cine porno vacío
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
La cajera me miró raro cuando pasó por caja los pepinos, la zanahoria y la berenjena. No imaginaba dónde iban a terminar unas horas después.
Nos sentamos frente a frente en primera clase y, antes de la siguiente parada, ya estaba temblando por lo que ella me dejaba ver bajo la mesa.
Nos hicimos pasar por pareja para evitar idiotas, pero entre alcohol, celos y roce, terminamos cruzando una línea que ya no pude fingir.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
La segunda vez no salió de la sombra para gritar ni para huir: salió con el vestido abierto y dijo que llevaba semanas esperándome.
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.
Apenas cerré la puerta de casa, él ya me estaba dando la vuelta, vendándome los ojos y ordenándome obedecer sin hacer una sola pregunta.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Solo iba por unas almohadas y un helado, pero ese hombre no dejaba de mirarme las piernas como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
Me dijo que me recogería a las cinco y que no preguntara nada. Lo que no imaginaba era lo que tendría que llevar escondido mientras paseábamos entre la gente.
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
Nunca había sentido que alguien me mirara así desde una carroza, como si entre toda la gente me hubiera elegido solo a mí para la noche más larga del año.