El reparto de caramelos que desató la orgía electoral
Llevaba cuarenta años esperando participar en unas elecciones. Nadie me avisó de que terminaría desnudo, persiguiendo a una desconocida entre las urnas volcadas.
Llevaba cuarenta años esperando participar en unas elecciones. Nadie me avisó de que terminaría desnudo, persiguiendo a una desconocida entre las urnas volcadas.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
La dejé a dos calles del punto de encuentro y, cuando se subió al coche, se presentó como si yo fuera otro pasajero más. Ninguno de los tres sabíamos lo que vendría.
Yo mismo la animé a aceptar la propuesta de su amante. Jamás imaginé que esa madrugada volvería rodeada del recuerdo de unos desconocidos.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.
Llevaba media hora posando junto al descapotable cuando el fotógrafo le pidió que se quitara el vestido. Y ella, bajo el sol del desierto, no dijo que no.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.