La noche en que mi marido invitó a un extraño a mirarme
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Levanté los ojos del libro y ahí estaba, asomado a su ventana, sin camiseta, mirándome como si yo fuera el canal que llevaba toda la tarde esperando.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Tres amigas, una pista de baile y una decisión que cambió la madrugada. Esto fue lo que pasó cuando dejé de buscar a Renata y la encontré justo donde no debía mirar.
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
El portátil parpadeaba en la habitación vacía. Al levantar la pantalla, su padre entendió que la hija responsable de la casa era solo una máscara cuidada.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Llegué a la hora exacta, ellos no aparecían. Hasta que recibí la foto: mi novia arrodillada frente a mi novio, en el baño del fondo, esperando a que yo finalmente entrara.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Crecimos en casas vecinas, separados por un muro bajo. Un año de tardes en el patio bastó para que aquella noche en el auto cambiara todo entre nosotros.