Mi primera noche en la carretera como travesti
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Llevaba meses siendo Renata solo de noche, hasta que él me sostuvo la mirada en plena calle como si supiera exactamente lo que yo escondía bajo el abrigo.
Nunca fue el chico que más me gustó. Lo que me gustaba era ponerlo nervioso, verlo perder el control delante de mí mientras pensaba en ella.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Cada tarde corría la caja que hacía de puerta y se sentaba a mi lado, como si ese rincón estrecho fuera el único lugar del mundo donde podíamos ser otros.
Las dos toallas en el colgador me avisaron de que no estaba solo. Lo inteligente era marcharme. En lugar de eso, me quedé pegado al cristal.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
Aquella mañana, mientras se vestía sin pudor frente a mí, entendí que el verdadero juego no era el sexo: era cuánta gente quería que la mirara.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.