La diseñadora trans que me esperaba en Bangkok
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.
Sentí el clic del cerrojo a mis espaldas. Cuando me giré, ella sonreía con la calma de quien ha planeado cada paso desde la primera mirada en la mesa.
Cuando se torció el tobillo, mi tía no buscó otra silla: se sentó directamente sobre mis rodillas, delante de toda la familia, y empezó a moverse despacio.
Bruno llevaba toda la noche mirando el escote de la madre de su amigo. Lo que no sabía es que las dos mujeres habían contado los detalles del juego mucho antes que ellos.
A las tres de la madrugada lo encontré a oscuras en mi cama, esperándome. La furia con la que me había arrancado del baño no era solo cosa de hermanos.
Escondidos entre los árboles los oyeron jadear, y al volver a la mesa la mujer le susurró a su hijo una idea que jamás creyó que se atrevería a cumplir.
Llevaba años cuidándola, pagándole todo, soportando sus gritos. Esa madrugada, frente al callejón vacío, decidí que por una vez ella iba a darme algo a cambio.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Cuando abrió la puerta de un golpe, con el rímel corrido y el vestido arrugado, supe que esa noche había pasado algo que lo iba a cambiar todo entre nosotros.
Marisol creyó que su hijo solo miraba a su prima. Pero esa noche, con el mismo vestido y las mismas curvas, comprendió que la verdadera tentación era ella.
Pensé que era una cena entre viejos amigos. No imaginé que el secreto que mi marido guardaba desde el colegio terminaría con los tres en la misma cama.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
Salí del baño envuelto en una toalla y me quedé clavado en la puerta: ellos ya habían empezado sin mí, y esa noche no quedaba ni una sola línea por cruzar.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.