La reina de la pista no se conformó con uno solo
Sola en lo alto de la pista, con las luces partiéndole la piel, decidió que esa noche mandaba ella. Y los tres hombres no eran más que su público.
Sola en lo alto de la pista, con las luces partiéndole la piel, decidió que esa noche mandaba ella. Y los tres hombres no eran más que su público.
Esa noche descendimos veintidós escalones hacia el sótano donde sonaba el saxo. Lo que pasó allí abajo todavía no se lo he contado a nadie.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.
Avancé a la par de mi patrocinadora, no detrás de ella como los otros casos. Yo era el mejor calificado, y esa noche todas querían comprarme.
Cada paso hacía tintinear los engranajes del corsé y dejaba ver el liguero. Esa noche ninguno de los dos pensaba salir de la fiesta como había entrado.
El vestido manchado seguía colgado en la puerta como un trofeo, y ella ya no le temía a ningún espejo ni a ninguna mirada.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Nunca te dicen a dónde vas ni quién estará allí. Solo el antifaz, el coche negro y una villa donde aquella noche yo dejé de ser camarera para convertirme en el plato.
Yo creí que iría a la fiesta a llorar en un rincón. Nunca imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi amiga para sacarse la bronca del cuerpo.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.