Las reglas de Daddy para su nueva sumisa
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre. Mi amigo entró con dos colegas y una chica que apenas me miró. Ninguno imaginaba cómo terminaría esa noche.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Frente al espejo del dormitorio descubrió que su cuerpo todavía sabía pedir. Lo que no esperaba era que alguien estuviera dispuesto a escucharlo esa misma noche.
Bajé al balcón a tomar aire y oí su risa ronca del otro lado del tabique. Entonces empezaron los primeros gemidos, y supe que no eran fingidos.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.
Llevábamos meses esquivándonos en el mismo piso, fingiendo que no pasaba nada. Esa madrugada, en la cocina, ya no quedaba nadie a quien engañar.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
Era viernes y solo quería terminar la cerveza e irme a casa, hasta que una mano femenina se apoyó en mi brazo y dejó dos copas sobre la mesa.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Cuando su novio se fue a dormir temprano por el fútbol, ella se quedó conmigo. Solo quería seguir la fiesta, hasta que sacamos la baraja.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
Sé que cuando termine de hablar me hará pagar cada palabra. Pero mi ama insiste: quiere que le cuente, de rodillas, aquello que nunca le confesé a nadie.
Nunca había dejado que tantos ojos me recorrieran a la vez. Y lo peor —o lo mejor— es que mi marido disfrutaba cada segundo desde la barra.