Cuatro hombres y un reencuentro sin reglas en Chicago
Cruzamos el océano para celebrar nuestros veintiuno con ellos. Cuando bajamos al salón vestidos, los dos nos esperaban de pie, y entendí que nada sería como antes.
Cruzamos el océano para celebrar nuestros veintiuno con ellos. Cuando bajamos al salón vestidos, los dos nos esperaban de pie, y entendí que nada sería como antes.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Iba a la playa a celebrar mi cumpleaños cuando los faros de un camión me alumbraron en la gasolinera vacía. El conductor bajó la ventanilla y todo lo demás dejó de importar.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Llevaba una hora moviéndome por la barra, lanzando miradas de «no me mires» que en realidad gritaban «cómeme». Buscaba machos de verdad, de los que huelen a gasoil.
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Le dije que era muy chico para mí, y su respuesta fue una foto que me hizo cambiar de opinión. Nunca había estado con alguien tan joven desde que empecé a vestirme de mujer.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
Dijo que le dolía la espalda para no ir a las actividades. Yo me ofrecí a cuidarlo. Los dos sabíamos que el dolor era la excusa más vieja del mundo.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
Nunca había besado a nadie. Lo confesé junto a la piscina, con los dedos hundidos en sus rizos, sin saber que esa frase iba a cambiarlo todo entre nosotros aquella noche.