Mi prima, la hija del pastor, y un deseo prohibido
La niña con la que jugaba a las escondidas bajó convertida en mujer, y bastó una mirada para saber que ese verano íbamos a pecar.
La niña con la que jugaba a las escondidas bajó convertida en mujer, y bastó una mirada para saber que ese verano íbamos a pecar.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Llegó con la mochila al hombro y un trabajo a medias. No imaginó que esa tarde alguien le ordenaría sentarse recta y mirarlo a los ojos.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Subí a tomar aire porque no aguantaba el calor. Escuché sus pasos en la escalera y supe, antes de voltearme, que esa noche no iba a poder dormir.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Cerró la puerta con llave, apagó las luces y sacó la caja del fondo del cajón. Esta vez no iba a contenerse: quería saber hasta dónde llegaba su deseo.