Lo que vi en el aula vacía después de medianoche
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
Salí del aula con la falda corta y la cabeza llena de él. Sabía que me esperaba entre los toboganes, y sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
Mientras su familia subía a la cima, ella se quedó atrás con el tobillo hinchado. Entonces una camper aparcó justo al lado y todo cambió.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Apagó el teléfono, respiró hondo y le hizo la pregunta que llevaba media hora atascada en la garganta. Después de eso, ya no hubo forma de volver atrás.
Me acomodaron justo en la frontera entre los hombres y las mujeres. Creí que dormiría tranquila, hasta que sentí una mano deslizarse bajo la cobija.
Esa mañana mi hermana me prestó su nombre, su vestido y su vida entera. Esa tarde, un chico me miró como nadie me había mirado y, por primera vez, me reconocí.
Pensé que era un peón más, pero cuando se quitó la camiseta bajo el sol de marzo entendí que ese cuerpo sudado iba a quedarse conmigo mucho después de terminada la obra.
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Nunca había mirado a mi prima Marta de esa manera. Hasta que la nevada nos dejó a solas en el caserón y un par de mantas eléctricas dejaron de ser suficientes para tanto frío.
Entró envuelta en un abrigo negro, con pizza caliente y una amiga que él veía por primera vez. Solo venían a ayudar con las cajas… o eso dijeron.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.