En la cabaña aprendió lo que era desear a una mujer
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Diego abrió la ventana y les chifló. Ellas voltearon, se rieron, y ninguno de los cuatro imaginó cómo terminaría esa tarde de exámenes.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Cuando tropezó en el andén y se le bajó el pantalón, vi el encaje rojo ceñido a su piel. Duró dos segundos, pero no pude pensar en otra cosa el resto del día.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Le prometí que sería su mujer sin importar el precio. No sabía que cada dosis me iría borrando, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme a mí.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Llegó al pueblo creyendo que cuidar al abuelo enfermo era un acto de cariño. No imaginaba que cada cucharada y cada baño la llevarían a un lugar del que ya no podría volver.
Llevaba años guardándomelo. Esa noche, escuchándolo masturbarse en la cama de al lado, supe que el encierro nos iba a empujar a cruzar una línea sin vuelta.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
En el vestuario se desnudó sin pudor. Cuando vi lo que escondía entre las piernas, supe que aquella mañana iba a cambiar algo dentro de mí para siempre.
Pensé que era una broma de cumpleaños hasta que vi cómo mi hijo se mordía el labio esperando que abriera el envoltorio.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Siempre me había dado morbo, pero nunca me había atrevido. Esa tarde, en el cuarto piso de un edificio cualquiera, dejé de imaginarlo y empecé a vivirlo.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.