Lo que el doctor me hizo en esa camilla
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Llegó con la mochila al hombro y un trabajo a medias. No imaginó que esa tarde alguien le ordenaría sentarse recta y mirarlo a los ojos.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Subí a tomar aire porque no aguantaba el calor. Escuché sus pasos en la escalera y supe, antes de voltearme, que esa noche no iba a poder dormir.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Cerró la puerta con llave, apagó las luces y sacó la caja del fondo del cajón. Esta vez no iba a contenerse: quería saber hasta dónde llegaba su deseo.
Mi familia estaba un piso más abajo y yo, sola en mi habitación, con el teléfono pegado a la oreja y su voz ordenándome cosas que jamás me había atrevido a hacer.
Llevaba semanas fingiendo que no lo miraba. Esa noche, con dos copas de más y la casa vacía, dejé de fingir y bajé las escaleras buscándolo a él.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
Con el maquillaje corrido por el llanto, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba, decidida a que lo que sentíamos dejara por fin de ser un secreto.
Cuando Valeria me dijo que sus tres primas me esperaban para celebrar, no imaginé que la celebración consistía en averiguar si yo servía para algo más que llevarles las cuentas.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Llevaba meses fantaseando con ella en silencio. Aquella tarde, durante la clase, levantó la vista del libro y me dijo: tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.