Lo que hacíamos detrás de la fragua del herrero
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
El herrero había salido a ver al conde. Solo necesitábamos unos minutos detrás de la leñera para olvidar que el mundo entero condenaba lo nuestro.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.
Me miró de arriba abajo en el umbral, bajo la lluvia, y antes de dejarme pasar pronunció un nombre que nunca había sido mío. Esa noche aprendí a responder a él.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Detrás del antifaz veneciano había una chica perdida. Solo una desconocida del chat lo vio, y una madrugada cualquiera apareció en su puerta.
Llevaba el uniforme del colegio cuando me agaché por primera vez en la tienda del barrio. Al levantarme, supe que él ya no podría volver a mirarme igual.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Cuando él se tambaleó contra mí en aquel autobús abarrotado, sentí algo que no debía sentir. Desde ese día no he podido pensar en otra cosa.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.
Nunca había mirado a otra mujer así, hasta que se pegó a mi espalda durante las sentadillas y dejé de contar las repeticiones.
Dos años llevaba recordando la imagen de su cuerpo desnudo. Cuando nos quedamos solos en la cocina, supe que aquel deseo guardado iba a desbordarse.
La encontré en bikini grabando vídeos junto a la piscina. La nueva mujer de papá. Ocho años menor que yo. Y se creía con derecho a darme órdenes.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.