Cuando Valeria llegó a mi casa aquella noche
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave y me miró así, supe que las cajas de documentos eran solo una excusa para lo que vendría después.
Marcos llevaba meses mirando a sus primas de otra manera. Esa noche, espiando por la terraza, entendió que ya no había vuelta atrás.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Viajaba sola, con ese vestido que siempre me da problemas. Él se sentó a mi lado en el bus y supe desde el primer momento que ese viaje no iba a terminar como había planeado.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Nadie había tocado mi cuerpo así. Cuando sus manos rodearon mi cintura, el libro de texto dejó de existir y empezó otra cosa completamente distinta.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Bajé a la cocina en camiseta y ropa interior. Él estaba en la oscuridad, con el torso descubierto, mirándome como si llevara horas esperando que apareciera.
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
Venía todas las noches al bar, se sentaba en el mismo lugar y no molestaba a nadie. Solo la miraba. Y Sofía, que ya había visto de todo, empezaba a devolver la mirada.