Mi cita secreta con el masajista
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Le pasé el pincel por el pómulo y ella cerró los ojos. Cuando los abrió, mi mano seguía en su mejilla porque yo tampoco quería moverla.
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Nunca imaginé que me excitaría tanto caminar por la calle sin nada debajo del vestido, sabiendo que un desconocido guardaba mi ropa interior entre las manos.
Llevaba dos años tragándome sus insultos. Esa tarde encontré el archivo que lo cambiaba todo, y supe exactamente cómo iba a hacerle pagar cada humillación.
Frente al espejo, con el encaje rojo ciñéndome la cintura, supe que esa noche dejaría de esconderme. Solo faltaba que él abriera la puerta y me viera de verdad.
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
Creí que mi futuro lo decidiría el dueño del antro más caro de la costa. No imaginé que la prueba final me la pondría su mano derecha, una mujer curtida en el oficio.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Era para Andrés, mi novio. Pero el doble check azul apareció en tres segundos y entendí, con el estómago helado, que se lo había enviado al hombre equivocado.
Llevaba semanas planeándolo en secreto. Esa noche, cuando entró al cuarto con la botella de vino, supo que su regalo no estaba envuelto en papel.
El macho que prometía dejarnos rendidas no apareció. Estábamos las dos solas en el motel, vestidas, calientes y con toda la tarde por delante.