Me vestí de mujer en el bosque y él me descubrió
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Firmé mi renuncia sin mirar atrás. Esa noche sería el último polvo de mi vida como hombre, y pensaba aprovecharlo antes de empezar a ser quien Carla siempre quiso.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Esa tarde no era solo para Adrián y para mí: alguien más esperaba el espectáculo desde el otro lado de la calle.
Frente al espejo, con los labios pintados y los tacones puestos, no vi a nadie disfrazado: vi a la mujer que siempre quise ser cuando me dejo llevar.
Llegué a su puerta con una bolsa que escondía mi otra piel: corsé, medias y tacones. Esa noche dejé de ser Adrián para entregarme entera como Selene.
Me puse el vestido vino que él había elegido, respiré hondo y entendí que esa noche sería el verdadero regalo: sentirme, por fin, la mujer que siempre fui.
Llamó a su puerta empapada por la lluvia, sin orgullo y sin nada que ofrecer salvo su cuerpo. Ellos la miraron, se miraron, y ella supo que todo volvía a empezar.
La primera vez que me vi en el espejo con el vestido rojo, supe que Daniela ya no se conformaría con salir solo cuando el pueblo dormía.
Me daba cien euros de propina por una carrera de tres kilómetros. Tardé dos días en entender que el dinero era solo el principio de lo que pretendía.
Cuando la asistente del director me entregó la bolsa con la lencería, supe que no había vuelta atrás: esa noche pertenecía a todos los hombres de aquella sala.
Me puse las zapatillas rojas, el baby doll y la peluca, hice un pedido cualquiera y me senté a esperar a que un desconocido tocara mi puerta bajo la lluvia.
Le dije que se había olvidado una camiseta solo para tenerlo en mi mesa. Lo que descubrió esa noche no se parecía en nada a la esposa que dejó.
Tenía veintisiete años, una novia y una vida ordenada. Entonces aquel vecino lo miró en el autobús como si supiera algo que Tobías aún no se atrevía a nombrar.
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Aquel viernes subió al coche una maleta y unas cajas que no entendí. Dentro no había trabajo: estaba el regalo que por fin me dejaría ser quien siempre fui.
Nunca imaginé que la mujer elegante y serena que me crió escondiera, a las dos de la mañana, a otra completamente distinta sobre el sillón del salón.
Cuando la correa roja se ciñó a mi cuello, entendí que era lo único que me separaba de todos los colmillos que me observaban desde la penumbra de aquella nave.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
Yo mismo la animé a aceptar la propuesta de su amante. Jamás imaginé que esa madrugada volvería rodeada del recuerdo de unos desconocidos.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.