Lo que pasó la última noche con los vecinos de al lado
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Bajé la guardia con una pregunta tonta sobre el sexo en grupo, y Antonella sonrió como si llevara meses esperando que alguien la hiciera.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
No planeabas trabajar ese día, pero el mensaje sonaba a una orden. Lo que no sabías era que tus compañeras llevaban semanas esperando verte entrar así.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
Cuando me dijo que llevaba tres días con la regla no aparté la mano: la acerqué más, porque su sinceridad fue el principio de todo lo que vino después.
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
La dueña insistió en que se quitara el sostén para probar el vestido sin tirantes. Lo que Mariana no esperaba era ver a su madre asentir, complacida, ante cada orden.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Pensé que tenía el vapor para mí sola y mis juguetes. Entonces la puerta se abrió y una desconocida altísima me miró sin ninguna prisa por cubrirse.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
Cuando le tomó los pies entre las manos y empezó a masajearlos, supo que esa noche, con suficiente vino, la esposa de su tío terminaría entregándose a ella.