La chantajista me citó en un hotel
Fui al hotel creyendo que me humillaría con un vídeo; no imaginé que acabaría temblando bajo las manos de la mujer que podía arruinarme.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Fui al hotel creyendo que me humillaría con un vídeo; no imaginé que acabaría temblando bajo las manos de la mujer que podía arruinarme.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
En la madrugada la sentí volver a la cama, agitada. Cuando me di la vuelta vi que se estaba tocando debajo de la sábana, creyendo que yo dormía.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Esa madrugada, cuando la casa por fin quedó en silencio, ella entró en mi habitación y dejó claro que ninguna de las dos iba a dormir.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Le pedí que llegara desnuda a la piscina y le dejé la puerta sin llave. Diez minutos después, la vi cruzar el patio con el pelo rojo brillando bajo la luz del agua.
Me levanté en puntas de pie a espiar el murmullo del cuarto de al lado. Sobre la cama no estaba el padre de Camila. Estaba su madre, encima de otra mujer.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Todo empezó con miradas en el vestidor, pero cuando abrí la puerta del departamento y vi a mi novia con él, supe que esa noche se iba a descontrolar.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Tenía veintitrés años cuando me fui a pasar las vacaciones con la tía Renata, y una noche entendí por qué me miraba distinto desde la cena del domingo.
Llegó con su bolso, una excusa torpe y una mirada demasiado fija en mi escote; cuando sacó aquel juguete, supe que no venía solo a estudiar.