Lo que pasó con mi prima en la ducha
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
Podía oír sus risas a través de la pared. Me acerqué a la puerta entornada y lo que vi me cortó la respiración: mis dos mejores amigas, medio desnudas, mirándose.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Hicimos fila para los toboganes toda la mañana, pero fue en el agua, con su mano deslizándose por mi cintura, cuando entendí lo que de verdad quería de mí.
Vino a esperar a mi madre y se quedó en el umbral mirándome dormir. Yo no sabía que esa tarde dejaría de ser la chica que nunca había estado con una mujer.
Era su primer aquelarre y la más joven del círculo. Todas querían tocarla, pero ella solo buscaba a la rubia que la miraba desde el otro lado del fuego.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
Eran las dos de la madrugada, la botella estaba casi vacía y ella seguía riéndose en mi sofá. Supe que ese era el momento que tanto había esperado.
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
«Tranquila, déjate llevar», me dijo en la puerta, y supe que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había mostrado jamás.
Subí los pies a su regazo sin pensarlo, como tantas otras noches. Pero esa vez Daniela me miró distinto, y supe que ya no había marcha atrás.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.
Se sentó frente a mí en un bar casi vacío, me cogió las manos y me dijo que se me veía triste. Tres horas después yo estaba desnuda en su cama, y no quería irme.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
Solo quería un teléfono para llamar a la grúa. Terminé entre dos desconocidas que decidieron que esa noche tranquila me incluía a mí.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.