La noche de frío que Sofía y yo nunca olvidamos
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Teníamos los últimos días libres antes del casamiento. Sin ropa en casa, tomando mate, planeando la boda y recordándonos por qué nos habíamos elegido.
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Estaba desnuda cuando escuché la música. Me giré y ahí estaba Sofía, de rodillas, con una cajita en las manos y los ojos llenos de lágrimas.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Llevábamos semanas mirándonos en el pasillo. Ella casada, yo sabiendo que no debía. Pero la noche que quedamos solas cerrando, todo lo que habíamos callado dejó de caber.
Fui a cambiarme los zapatos y terminé espiando al matrimonio dueño de la finca. A la mañana siguiente, su hija y su madre hicieron que yo también participara.
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Llevaba días triste desde que su novio la dejó. Me senté a su lado en el sofá sin ninguna intención clara. Pero ella apoyó la cabeza en mi hombro y todo cambió.
Abrí la puerta y algo en su sonrisa me dijo que esa tarde no iba a ser una simple charla entre la novia de mi hijo y su futura suegra.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Esa noche en la finca descubrí que nadie era quien aparentaba ser. Y que yo tampoco era la excepción.
El 23 de diciembre, mientras ella cocinaba de espaldas, me cambié en silencio. Cuando dije «oh, oh, oh», se quedó inmóvil. El resto de la noche fue nuestro.
Cuando me preguntó con voz suave si quería hacerlo esa noche, supe que todo lo que habíamos construido juntas llegaba a ese momento.