Camila la besó cuando todo se derrumbaba
Estaba sola en la camioneta, llorando por su madre, cuando alguien golpeó el vidrio. Era Camila. No preguntó nada. Solo le pidió que se pasara al asiento del copiloto.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Estaba sola en la camioneta, llorando por su madre, cuando alguien golpeó el vidrio. Era Camila. No preguntó nada. Solo le pidió que se pasara al asiento del copiloto.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Nunca me había sentido tan a merced de nadie: desnuda, obediente y esperando a que ella decidiera qué hacer conmigo y cuándo podía aliviarme.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Vino enojada esa tarde de otoño, pero entre los ejercicios y mi calza corta su pie empezó a subir por mi silla y todo cambió.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
El vestido azul se le había subido al saludarme. Cuando preguntó si alguna vez había besado a una mujer, supe que esa tarde iba a cambiar.