La despedida de soltera que terminó entre mujeres
Era su noche, su despedida. Pero cuando le tocó el castigo del juego, la novia se arrodilló frente a la stripper sin imaginar lo que despertaría en ella.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Era su noche, su despedida. Pero cuando le tocó el castigo del juego, la novia se arrodilló frente a la stripper sin imaginar lo que despertaría en ella.
Llevaba toda la noche fantaseando con ella. Cuando sonó el timbre a la mañana siguiente, ya tenía cada paso del plan grabado en la cabeza.
Llevábamos meses compartiendo cafés y confidencias. Esa tarde, con la taza todavía caliente entre las manos, ella me preguntó algo que ninguna amiga se atreve a preguntar.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
—Ven, pequeña —me dijo desde la cama, y supe que cruzar esa puerta iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.
Cuando ella colgó el teléfono, supe que al día siguiente iría a su casa. Su marido estaba fuera. Y mi hija ya no me miraría igual nunca más.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.