Lo que mi capitana me hizo tras ganar el derbi
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Vivíamos a mil kilómetros y no nos habíamos visto nunca en persona, pero aquella tarde de domingo descubrí que la distancia no apaga nada cuando el deseo decide encenderse.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Diana se fue con el primer vuelo, Renata apareció con un maletín y Mariela me sirvió un café sabiendo que la miraba como nunca debí mirarla.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.
Despertó dándome la espalda y con la marca de mis dientes en el hombro. Le dije que el baño era mío y obedeció sin preguntar nada.
Cuando la vi subir las escaleras delante de mí con el vestido casi transparente, supe que aquel verano sería una tortura. No imaginaba el regalo que su hija me preparaba.
Esperanza nunca había imaginado mirar así a otra mujer, hasta que Marisol la abrazó frente al fuego y sus labios se rozaron sin querer. Sin querer al principio. Después no.
Me gusta estar sin ropa en casa, pero esa tarde dejé las cortinas abiertas a propósito: sabía que alguien podía verme desde enfrente, y eso era justo lo que buscaba.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
Cuando entró a mi oficina detrás del jefe, supe que iba a perder. Su voz la había escuchado mil veces; ahora la tenía a un metro, mordiéndose el labio.
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
El cartel decía que abría cuando el resto del mundo dormía. Empujó la puerta sin imaginar que, del otro lado, una desconocida ya había decidido cómo terminaría su madrugada.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Abrí la puerta esperando a un vendedor cualquiera. Lo que no esperaba era quedarme mirando cómo se le aceleraba la respiración cada vez que mi bata se abría un poco más.