Lo que mi tía vio tras la puerta entreabierta
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Llevaba dos años sin tocar a nadie cuando ella respondió mi mensaje con una sola pregunta: «¿cuándo nos vemos?». No imaginé cómo terminaría esa noche.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Vera lo tenía todo calculado: la piscina de agua salada, la ducha compartida y dos amigas que aún no sabían cuánto deseaban dejarse llevar.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, me miró como nunca antes, y de pronto la noche de películas y golosinas dejó de tratarse de la serie que íbamos a ver.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Damaris cruzó mi puerta con un sostén negro y unos tacos altos. No traía nada más. Esa tarde no íbamos a respetar ningún límite que ya hubiéramos cruzado antes.
Cuando me jaló hacia el callejón oscuro y me besó contra la pared, supe que el viaje que había ganado en la oficina no iba a ser lo que yo imaginaba.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Confié en ella cuando me ató la venda. Confié cuando me arqueó la espalda. Solo entendí lo que estaba pasando cuando aquella mano callosa me apretó las caderas.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.