Don Hilario, el hombre maduro que me reclamó como suyo
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Solo quería sentirme nena un rato bajo la ropa de chico. No imaginé que él se daría cuenta, ni que esa noche terminaría arrodillada frente a él.
Cuando subí a la camioneta con mi novio inconsciente en el asiento de atrás, su padre ya tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
Estaba sola en la barra, aburrida y con dos tragos de más, cuando él se sentó a mi lado y me miró como si ya supiera todo lo que íbamos a hacer esa noche.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Subió al cuarto de mantenimiento sin avisar y me pilló sin camisa. Esa risa suya, sin vergüenza, fue el principio de algo que tardé años en confesar.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Desde la oscuridad los miraba a través del cerco de plantas. Él era pequeño y callado, pero lo que ocultaba bajo el pantalón me quitó el aliento esa noche.
Llevaba meses cruzándolo en el agua sin decirnos nada. Aquel domingo, cuando sus manos rozaron mi cintura en la escalerilla, dejé de fingir que no lo deseaba.
Cuando la asistente del director me entregó la bolsa con la lencería, supe que no había vuelta atrás: esa noche pertenecía a todos los hombres de aquella sala.
Cuando me arrodillé frente a él mientras conducía, supe que esos últimos kilómetros de carretera iban a quedarse conmigo mucho más de lo que admití.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
La reconocí al fondo del bar y el corazón me dio un vuelco: era ella, la maestra que me robó el sueño cuando era un crío. Y esta vez yo ya no era ese niño.
Pedí trabajo de camarero en un club de carretera. Tres semanas después servía copas con tanga, tacones y un nombre nuevo: Adriana.
Le dije que todo sería por adelantado. Él sonrió, transfirió la mitad y me citó en un departamento donde nadie haría preguntas. Yo subí dispuesta a cobrar cada minuto.
Me asomé apenas un segundo por la rendija de la puerta. Fue lo que tardó en grabárseme para siempre, y en arruinarme cada noche que vino después.
No me importó que me llevara treinta años. Con el vaivén de la carretera, su mano encontró mi cadera en la oscuridad y dejé de fingir que aquello no me gustaba.
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.