La invitación de mi jefe que no debí aceptar
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Llevaba días convenciéndola. Esa noche, con ella a punto sobre la mesa del jardín, marqué el número: si no llegaba rápido, no quería darle tiempo a arrepentirse.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
Mi tía se había secado con los años. Cuando mi cuerpo empezó a cambiar en esa granja perdida, mi tío me miró como si por fin hubiera hallado un reemplazo.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.
Toda su vida la habían mirado como a un objeto. Aquella tarde, en la casa de piedra del final de la calle, decidió mirar ella primero.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
Cada mañana observaba a la gente desde su mesa del café, sin imaginar que un hombre de traje la estudiaba a ella, ni el trato silencioso que iba a proponerle.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Llevaba meses sonriéndole al darle el cambio, hasta que una mañana deslizó su teléfono en mi mano y supe, sin dudarlo, que iba a llamarlo.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Me sacaba treinta años y todos se reían de sus piropos. Pero cuando me subió al coche y su mano buscó mi muslo, dejé de reírme yo también.
Paró la camioneta junto al pinar, la miró por el retrovisor y supo, con la calma de quien lleva una vida cazando, que esa mañana no volvería con las manos vacías.