El hombre maduro que despertó cada deseo en ella
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
La veía moverse en las clases de yoga con una elegancia que me desarmaba. Jamás imaginé que un cruce casual en el andén terminaría en su dormitorio.
Tenía veinticuatro años y creía saber lo que me gustaba, hasta que aquel hombre maduro me miró desde el otro lado de la cocina y todo se vino abajo.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
La retuve de la mano un segundo más de lo debido al saludarla. Ella sonrió, se mordió el labio, y supe que esa cena de despedida iba a terminar de otra manera.
Quince años atrás compartíamos algo más que turnos y fotocopias. Cuando me tomó del brazo a la salida, supe que la noche no terminaría en la puerta del salón.
Me quedé pegada a la pared del pasillo, conteniendo la respiración. Al otro lado de la puerta, las dos voces que menos esperaba escuchar juntas se buscaban en la penumbra.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.
Ella se agachó a recoger los trozos de la taza rota sin saber que, desde el marco de la puerta, alguien la observaba sin respirar.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
Vi cómo me miraba cada vez que iba a su casa. Esa semana en la playa, lejos de todos, decidí averiguar hasta dónde llegaría el padre de mi novio.
Le pidió que se tumbara en el diván como si soñara despierta. Cuando él levantó la vista del lienzo, ella supo que esa tarde no aprendería solo a pintar.
Nunca había salido así a la calle. El corazón me golpeaba el pecho cuando aquel coche frenó a mi lado y bajó la ventanilla: tenía edad para ser mi padre.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
Siempre escondí mi cuerpo bajo ropa holgada, hasta la madrugada en que el papá de mi amiga abrió la puerta del baño y se quedó mirándome un segundo de más.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Derramé el aceite a propósito, marqué su número y esperé. A mis años había aprendido que las oportunidades no se esperan: se fabrican.