Lo que pasó en casa de mi amiga china esa noche
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Cuando subí al asiento del copiloto y él me dijo «mira cómo me tienes», supe que esa noche no iba a salir del taxi siendo el mismo de antes.
Me quité la sudadera en la escalera, esperé a oír la regadera en el piso de arriba y volví a la cocina decidida a que aquel hombre dejara de mirar el refrigerador.
Solo quería mirar desde lejos, como siempre. Lo que no esperaba era que él me descubriera con los ojos clavados donde no debía.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Hace años escribí diez mandamientos para no dañar a nadie. El primero es no intervenir nunca. El segundo, permanecer escondido. Esta es una de las noches que jamás confesaré.
Creí que iba solo a borrar esas fotos y volver a mi vida. En cuanto don Marcial abrió la puerta supe que había ido por algo muy distinto, y que él lo sabía mejor que yo.
Me vestí simple y acepté el paseo sin imaginar que esa tarde, rodeada de hombres que me doblaban la edad, descubriría hasta dónde era capaz de llegar.
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Llevaba días convenciéndola. Esa noche, con ella a punto sobre la mesa del jardín, marqué el número: si no llegaba rápido, no quería darle tiempo a arrepentirse.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
Mi tía se había secado con los años. Cuando mi cuerpo empezó a cambiar en esa granja perdida, mi tío me miró como si por fin hubiera hallado un reemplazo.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.
Toda su vida la habían mirado como a un objeto. Aquella tarde, en la casa de piedra del final de la calle, decidió mirar ella primero.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.