Lo que pasó en las duchas del equipo esa tarde
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
Entró creyendo las duchas vacías, pero el vapor escondía a alguien más. Su compañero de equipo no lo había oído llegar, y él ya no podía apartar los ojos de lo que veía.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Conocía sus horarios, el ruido de sus botas, el momento exacto en que se quitaba la camisa por el calor. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llevarme esa obsesión.
Las dejó junto al felpudo, todavía tibias por sus pies descalzos. Bastó con que mi hija se distrajera un instante para que yo cometiera la locura.
Sus pies sobre el borde de mi sillón fueron solo el principio. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacerla.
La primera vez que me ordenó pintarme las uñas de los pies, mis manos temblaban. No por miedo: por las ganas de obedecerle.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
Bastó que ella mirara mis pies desnudos sobre las baldosas frías para entender, antes que yo, en qué clase de hombre podía convertirme si me lo ordenaba.
Bajé al baño con una urgencia simple y la encontré a ella, enjabonada y sonriendo, sabiendo de antemano la orden que estaba a punto de darle.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.