Dejé que un mirón me observara en el parque
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
Durante años dije que no sin pensarlo. Aquella noche, con su mano en mi espalda y su voz en mi oído, por primera vez me oí decir que sí.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Cuando me ofrecí a llevarle el carro de la compra no imaginé que, veinte minutos después, ella me miraría desde el otro lado de la cocina con esa sonrisa.
Cuarentón, divorciado y sin empleo, puso un anuncio absurdo: acariciaba mujeres por dinero. La primera en llamar fue una viuda de sesenta años.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
No encendí la luz. Solo sentí sus manos tirando de mi ropa y su boca buscándome en la penumbra, sin una sola palabra, como si supiera de memoria lo que venía a hacer.
La primera orden llegó a las siete de la tarde y entendí que esa noche obedecería todo, sin preguntar, frente a una cámara y a un hombre que solo conocía por su voz escrita.
Subí solo al apartamento para ducharme antes que los demás. Lo que no esperaba era que alguien, al otro lado del patio, estuviera esperando justo ese momento.
Aburrida frente al televisor, sola en una cama demasiado grande, cerró los ojos y dejó que su mano hiciera lo que llevaba dos años sin permitirse.
A los casi cuarenta, libre y dueña de su deseo, descubrió que aún le quedaba un territorio por explorar. Y decidió hacerlo sola, sin prisa, antes de compartirlo con nadie.
Las sábanas seguían tibias, pero él ya no estaba. Lo seguí hasta el baño sin imaginar hasta dónde íbamos a llegar antes del desayuno.
Me afeité hasta dejar la piel suave, me ceñí el corsé y deslicé el plug muy despacio. Por primera vez iba a salir a la calle siendo quien de verdad era.