Mi marido me dejó sola y encontré al joven obrero
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
Le di a mi marido un nombre cualquiera para nuestra fantasía: un compañero veinte años más joven. Nunca pensé que terminaría jugando con él de verdad.
Los dos matones me arrastraron a recorrer las máquinas mientras ella se quedaba sola con el dueño. Cuando volví, el escritorio estaba vacío.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Yo era su asistente. Trabajábamos doce horas al día. Esa noche, descalza en su sillón, me miró como nunca antes y supe que algo había cambiado para siempre.
Pensé que la última fila del estreno me dejaría tranquila con él. Tardé en entender que en esa sala oscura nadie estaba realmente a solas.
Cuando me puse aquel short minúsculo para bajar a tomar una cerveza con él, ya sabía que la noche no iba a terminar en el pasillo del hotel.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.