Mi alumno de yoga buscaba calma y yo lo deseaba a él
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.
Fui a resolver un papeleo aburrido y salí temblando. Lo que ese hombre hizo con sus manos detrás de su escritorio todavía me quita el sueño.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Llevaba el traje impecable y, debajo, el encaje que solo él podía ver. Cuando el pestillo del despacho hacía clic, Noa dejaba de ser el asistente perfecto.
Llevaba dos semanas sin descargar y la imaginación me jugó una mala pasada en pleno turno. Lo que no esperaba era que alguien se diera cuenta antes que yo.
No tuve que leer su nombre para saber que esos pantalones verdes que describía con tanto detalle eran los míos. Y supe, en ese instante, que iba a hacerlo suplicar.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.