Tres meses callando hasta la cena del premio anual
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
En el ascensor me rozó el brazo como sin querer y olió a colonia cara. Esa misma noche, mientras yo me vestía a oscuras, ya estaba planeando cómo dejar a Tomás.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Marina creía que sería un trío clásico, ella en el centro. Hasta que vio a sus dos amigos heteros mirándose de una forma que lo cambió todo.
Tres gin-tonics, dos compañeros que apenas conocía y un sofá. Lo que empezó como una charla de oficina se convirtió en la noche más inesperada de mi vida.
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Aquella lencería de novia no era para mí, pero cuando me la probé frente al espejo de mi oficina supe que esa noche iba a pasar algo que no podría contarle a nadie.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Le entregué una blusa de una talla menos sin decirle por qué. Cuando escuché su grito ahogado desde el probador, supe que iba a entrar y que no iba a salir igual.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Desde la sala de monitores vi cómo se abría el saco cuando creía que nadie la miraba. No sabía que su nuevo vigilante llevaba toda la mañana observándola.