Lo que Camila me enseñó una noche de invierno
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
La primera vez lo dejamos mirar desde el rincón. Esta vez íbamos a hacerle participar, aunque ninguna podía imaginar lo lejos que llegaríamos.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Resolví una crisis en aduanas y el cónsul me invitó a su residencia. No imaginé lo que me esperaba al fondo del jardín, ni lo que vendría después.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Quedaron esa tarde en que Cristina estaría sola. Él entró con una misión: que ella viera a su propio hijo con otros ojos. Lo que ocurrió fue más de lo que esperaba.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
La llevé al médico porque nadie más pudo. En mi casa descubrió algo que su novio nunca le había dado y, cuando lo sintió, quiso mucho más.
Daniela me pidió que la llevara a su colonia. Al llegar, dos vecinos tomaban cervezas afuera. Uno tenía un secreto que mi amiga ya sospechaba. Yo decidí comprobarlo.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Bajé a buscar agua y la encontré inclinada sobre la mesa, esperando. Llevaba semanas diciéndome que no, y esa noche decidió que sí.
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Llevaba un cuaderno de versos bajo el brazo y sonrió como si supiera lo que estaba pensando. No debería haber vuelto sobre mis pasos. Pero lo hice.