Mi novio me besaba sin saber a qué sabían mis labios
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Él notaba algo raro en mi aliento, pero nunca se atrevió a nombrarlo. Mi mejor obra no estaba en ninguna pantalla: estaba dentro de su cabeza, en bucle.
Hace siete años que firmamos el divorcio y nunca dejé de buscarlo. Lo que extraño no es a él: es lo que me hace cuando nadie más nos ve.
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
Le era fiel a mi marido hasta que aquel hombre levantó su copa hacia mí y, sin tocarme todavía, me dijo al oído todo lo que pensaba hacerme esa tarde.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Llevaba meses viéndola con suéter y lentes detrás del monitor. Esa noche, con un vestido vino y una copa de más, me miró de una forma que lo cambió todo.
Bajó por agua y los encontró riendo en el jardín. Esa noche, de rodillas en el pasillo, decidí recordarle a mi marido a quién pertenecía.
Volví al cuarto sin hacer ruido para no despertarlo, y lo encontré con mi ropa interior entre los dedos y la sábana levantada como una tienda de campaña.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.
Cuando el médico me dijo que nunca tendría hijos, creí haberlo perdido todo. No imaginé que la respuesta estaría sentada frente a mí, brindando como si nada.
Llevaba semanas escuchando a mis amigas decir que tenía que soltarme. Ese sábado, después del segundo vino, decidí que sería yo quien marcara el ritmo.
Abrí la caja delante de él porque dentro venía la excusa perfecta. Lo que no esperaba era que el vecino se atreviera a tanto, ni que yo le dejara hacerlo.
Hacía meses que nadie la tocaba. Esa tarde de enero, con el vestuario vacío y los tres pibes todavía sudados, dejó de pensar y se entregó a lo que vendría.
Daniel dormía en el asiento de delante mientras, a un metro, su tío y su novia compartían la litera estrecha del camión. Y Noelia ya no quería dormir.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.