Conocí a mi mejor amante en una app de citas
Cuando me invitó a subir a tomar una copa, no imaginé que iba a descubrir lo que era estar de verdad con un hombre que sabía lo que hacía.
Cuando me invitó a subir a tomar una copa, no imaginé que iba a descubrir lo que era estar de verdad con un hombre que sabía lo que hacía.
Estaba a punto de meterme en el jacuzzi cuando llamaron a la puerta. Era ella, con mi tarjeta en la mano y esa sonrisa que yo llevaba meses imaginando.
Solo quería darle celos a mi ex. No imaginé que esa noche terminaría subiendo unas escaleras escondidas con el patovica que vigilaba la entrada.
Nunca le conté a nadie lo que hice esa tarde. Entré sola, sin nombres, sin reglas, dispuesta a dejarme llevar por un desconocido en la penumbra.
Llegué temblando al granero, de rodillas sobre la paja, esperando a un hombre cuyo rostro nunca llegaría a ver. Lo hice por mi novio. O eso me dije.
Fui a resolver un papeleo aburrido y salí temblando. Lo que ese hombre hizo con sus manos detrás de su escritorio todavía me quita el sueño.
Nunca había aceptado la invitación de un hombre al que acababa de conocer. Pero algo en su sonrisa, y en cómo miraba mi escote, me hizo decir que sí.
Les dije que mi consuelo era más efectivo que cualquier bebida fría. Me quité la ropa antes de entrar y esperé a que el agua caliente me delatara entre el vapor.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Llevábamos semanas rozándonos en los pasillos sin atrevernos a nada. Esa noche me cansé de esperar, me quité la sudadera frente a su puerta y le dije lo que quería.
Mi amiga me dejó plantada esa noche, pero el desconocido de la barra tenía otros planes para mí. Y yo, aunque no lo admitiera en voz alta, también.
Salí de la ducha pensando que nadie nos había visto. Esa misma noche descubrí en su teléfono que alguien había grabado cada gemido desde la cabina de al lado.
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
No habíamos intercambiado los teléfonos, pero yo sabía cómo encontrarlo. Volví a entrar al chat con una sola idea: que me llamara su gatita otra vez.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.