Mi primo me esperaba con una vieja fantasía
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
Cuando las puertas se trabaron entre dos pisos supe que faltaban horas para el rescate. No imaginé que mi hermana ya tenía otros planes para esa espera.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Me había hecho comer con prisas, y ahora se sentaba a horcajadas sobre mí, mojada, susurrándome al oído que no pensaba dejarme tranquilo hasta la noche.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Se subió el vestido en el primer semáforo y entendí que aquella vuelta en coche no era para ir de compras. Mi madre tenía otros planes para los dos.
Marisol creyó que su hijo solo miraba a su prima. Pero esa noche, con el mismo vestido y las mismas curvas, comprendió que la verdadera tentación era ella.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Llevaba años recibiendo mensajes sin sustancia, hasta que una pareja joven me escribió pidiendo algo concreto: que yo tomara el control de los dos durante toda una tarde.
Llevo media vida subiendo a la sierra solo, pero aquella mañana de octubre bajé con algo más que la cesta llena. Esto pasó de verdad y aún me cuesta creerlo.
Llevaba casi un año sola en aquel pueblo perdido. Hasta que dos amigas más jóvenes la invitaron a vino, pizza y confesiones que lo cambiaron todo.
Mi mujer ya había elegido a su próxima conquista. Lo que ninguno imaginaba era que el desenlace empezaría conmigo, a solas con él, bajo el agua caliente del vestuario.
Marisa me pidió un paréntesis en nuestra relación, pero esa noche me llamó para que la acompañara a su juego favorito: cambiar de pareja delante del otro.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Salí del baño envuelto en una toalla y me quedé clavado en la puerta: ellos ya habían empezado sin mí, y esa noche no quedaba ni una sola línea por cruzar.
Marina creía que sería un trío clásico, ella en el centro. Hasta que vio a sus dos amigos heteros mirándose de una forma que lo cambió todo.
Le avisé por el chat que saldría vestida de hombre, pero que entraría al hotel hecha toda una mujer. Lo que no le conté fue cuánto deseaba esa noche.