Volví de la fiesta y dejé de ser la mujer decente
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Por la curva no apareció una grúa moderna, sino un camión oxidado y un hombre enorme que olía a campo. Y supe, antes de que abriera la boca, cómo nos iba a cobrar.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Tenía el corazón disparado y las piernas tensas. No quería mirar, no quería pensar; solo quería que él siguiera y descubrir, por fin, lo que tantas veces había imaginado.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Me puse el vestido rojo sin nada debajo y pensé que era solo una cena de agradecimiento. No tenía ni idea de cómo iba a terminar la noche.
Me llevé un vaso de chupito vacío al salir de la pista. Ni yo entendía por qué, hasta que estuvimos solos en su coche y supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Tenía cuarenta y siete años y una sed que ningún hombre le había calmado nunca. Esa madrugada, en el parque desierto, decidió que ya no iba a fingir lo contrario.
Acababa de levantar el trofeo más grande de mi carrera. Lo que hice después, con él arrinconado contra los azulejos, no aparece en ninguna crónica deportiva.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Le escribí a media docena de chicas pidiendo lo mismo. Solo una respondió, y aquella tarde, en el baño de un centro comercial, descubrí algo que no esperaba.
Cerró la puerta sin echar la llave y se quedó mirándolo, sin saber todavía que ese hombre estaba a punto de desmentir todo lo que ella creía sobre el sexo casual.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Empezó con su mano dentro de mi pantalón mientras fingíamos mirar la pantalla. Ninguno de los cuatro dijo nada hasta que ya fue imposible parar.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.