Mi debut como runner terminó tras los arbustos
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Llevaba media tarde recordando aquel viaje al norte cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Lo último que imaginé fue lo que ese desconocido haría conmigo.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Volví por las llaves, pero me quedé entre las matas, en silencio, viendo cómo dos de mis empleados encendían algo que después no pude apagar dentro de mí.
Tardó en contármelo. Decía que le daba apuro, que era demasiado fuerte. Y cuanto más se resistía, más dura se me ponía mientras la penetraba despacio.
Bamboleaba las caderas sabiendo que él la miraba desde el remolque, y decidió que ese camionero no se marcharía sin dejarle algo que recordar entre los pinos.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.
Mi amiga me empujó suavemente con una sonrisa cómplice. «Anda», me dijo, «no te va a quitar los ojos de encima en toda la noche». Y tenía razón.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
Llamé a la puerta del séptimo con el cubo en la mano y el corazón disparado. Ninguno de los dos creía ya en la excusa de la limpieza, y a mí dejó de importarme.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Acepté su dinero sin imaginar cómo querría que se lo devolviera. Cuando llegó esa noche con vino y esa sonrisa tranquila, supe que ya no había vuelta atrás.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.