Lo que hice en el taller no se lo conté a nadie
Caminé hasta ese portón oxidado vestida solo para él, con el pulso en la garganta. Ese día descubrí cuánto me gustaba ser deseada por alguien que ni conocía.
Caminé hasta ese portón oxidado vestida solo para él, con el pulso en la garganta. Ese día descubrí cuánto me gustaba ser deseada por alguien que ni conocía.
Cada semana repetían el mismo ritual privado, pero esa noche, con su prima durmiendo al otro lado del pasillo, ella descubrió cuánto le gustaba obedecer.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Esa noche el polígono estaba vacío, salvo por un tráiler con la cabina encendida y un hombre que no apartó los ojos de mí ni un segundo.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Me creía la reina del dormitorio, intocable y exigente. Entonces bajaste, me abriste las piernas y descubrí cuánto me gustaba obedecerte sin protestar.
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Camila y yo aceptamos la invitación sin imaginar que detrás de esa puerta vivía una familia donde todos compartían bastante más que la mesa del comedor.
Cuando se inclinó sobre el plato y me preguntó qué quería de cumpleaños, contesté lo único que llevaba meses imaginando. Tardó cinco días en cumplírmelo.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Llevaba años sin sentir ese cosquilleo. Pero aquel hombre canoso que alimentaba palomas me miró de una forma que despertó todo lo que creía dormido.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.
Esa noche de tormenta volví empapada y abrí sin avisar la puerta del cuarto: lo que vi sobre nuestra cama me cambió la cabeza más que cualquier reclamo posible.
Me había puesto el camisón más fino que tenía y elegido la música. Entonces llamaron a la puerta, y el viejo amigo de mi amante lo cambió todo.