La madre de mi novio nos miraba desde la puerta
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Subí al coche pensando en mi vuelo. Cuando bajé del avión tres días después, él ya me esperaba con una propuesta que me hizo sudar antes de cerrar la puerta del auto.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
Tenía diecisiete años y una novia que estaba colada por otro. Tardé un año en entender que esa traición, lejos de dolerme, era lo que más me excitaba.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
Lo escribí pensando que nadie lo leería jamás. El día que mi madre abrió ese cuaderno, todo entre nosotros dejó de tener marcha atrás.
Faltaban días para mi viaje cuando ella me llamó para un favor inocente. Ninguno imaginaba que terminaríamos encerrados, a oscuras y sin ropa.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Bajé el vidrio, crucé dos palabras con ella y la invité a subir. No imaginaba que esa morocha de la esquina sin luz me esperaba con una sorpresa entre las piernas.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Crecimos compartiendo secretos bajo las estrellas. La noche que su padre se fue de turno, descubrí que el niño con el que jugaba se había convertido en otra cosa.
Subí la escalera despacio, sabiendo que él miraba debajo de mi vestido, y por primera vez no sentí vergüenza: sentí unas ganas enormes de dejarlo ver todo.
A menos de cien metros de la música y el champán, abrió las piernas al sol sin saber que alguien venía por el sendero. Y cuando lo vio, ya era tarde para cerrarlas.
Llevábamos años siendo solo amigos. Esa madrugada, con la casa vacía y dos cervezas de más, descubrí cuánto deseaba algo que nunca me había permitido pensar.
Tenía veintidós años y nunca había estado con otro hombre. Cuando empujé la puerta entornada del 5B, supe que esa noche no iba a salir el mismo que había entrado.