Una mujer madura y la promesa que no supo olvidar
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Me dije que lo haría por correo. Que no tenía por qué volver a verle. Pero diez días después estaba aparcando el coche delante de su casa con la camisa limpia.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Llevaba toda la semana ensayando cómo decirle lo que necesitaba esa noche. Cuando entró por la puerta del departamento, supe que ya no haría falta hablar.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Llevaba semanas sirviendo copas bajo su mirada. Cuando apagó la última luz y le ofreció ayuda para cerrar, supo que esa noche iba a ser diferente.
Nadie habló de lo que pasó esa semana. No hacía falta. Las tres sabíamos que algo entre nosotras había cambiado para siempre.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.