Mi compañero de piso me compartió con el camionero
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
Cruzó las piernas en la barra, se mordió los labios y dejó que el vestido subiera lo justo. Sabía que él bajaría a buscarla, y sabía bien qué iba a darle.
Me bajé descalza de la camioneta, en tanga, con las luces de algún coche lejano cruzando la carretera. Y supe que esa era la imagen que había venido a buscar.
A la mañana siguiente, Marta me miró por encima del café con una sonrisa que no era inocente. Había usado mi portátil. Lo sabía todo, y yo no tenía adónde esconderme.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
Lo cruzaba de vereda por instinto: cuarenta y dos años, brazos de obrero, manos negras de grasa. Hasta la noche en que le cebó un mate sin decir nada.
Hacía semanas que esas dos sombras la seguían a la distancia. Esa noche, en vez de apretar el paso, se dio vuelta y los esperó.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.