El teniente volvió a mi vida en el pasillo del súper
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Yo era el más joven de un grupo de jubilados y la única persona que me interesaba era Valentina, la guía. Tardé dos cenas en descubrir lo que escondía.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
Cuando llamó a mi puerta a medianoche supe que había vuelto a mentirle a su mujer. Y supe, también, que esa noche iba a ser solo mía.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
Han pasado diez años desde que empecé a contarlo todo. Sigo en la misma casa, en el mismo pueblo, y mis dos hijos siguen volviendo cada noche a mi cama.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Me quité el pantalón en el pasadizo y quedé en faldita y medias. A una cuadra de su casa abandonada, sentí la adrenalina dispararse al mil por ciento.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Salí a la calle con tacones y minivestido fingiendo que olvidaba algo. Solo quería que uno de ellos me mirara. No imaginé que entraría hasta mi casa.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.
Bajé por un café en ropa interior y, al girarme hacia la ventana, descubrí al jardinero mirándome con la mano dentro de su overol.
Me lo contó al día siguiente, todavía con la voz ronca y una sonrisa que no sabía si era de orgullo o de culpa. Lo que me dijo no me lo esperaba.