La cita en el coche antes de cenar con mis amigas
Llegué tarde a la cena, pero no por tráfico. Fue por el desvío que hicimos hasta aquel descampado a cincuenta metros del restaurante.
Llegué tarde a la cena, pero no por tráfico. Fue por el desvío que hicimos hasta aquel descampado a cincuenta metros del restaurante.
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? —dijo él, y Mariana entendió que esa tarde ninguno de los dos hablaría solo del proyector.
Cuando notó la brisa erizarle la piel, supo que esa noche de luna llena no terminaría en la orilla del mar. Y no quería que terminara.
Me puse el bikini más pequeño que tenía y bajé al jardín solo para ver su cara. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y no pensaba detenerme.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.
Me quité el biquini en el jacuzzi sabiendo que él me miraba de reojo desde el tejado. Lo que vine a olvidar se convirtió en lo único que recuerdo del viaje.
Esa noche, mientras le corregía los ejercicios en la habitación del hotel, sentí su mirada clavada en mí y supe que ya no iba a poder seguir siendo solo su profesora.
Renata siempre se escondía detrás de Camila y Marisol. Esa noche, en la arena tibia y lejos de casa, decidió que ya no quería mirar desde la orilla.
Apenas lo conocía, pero cuando aquel desconocido me agarró delante de todos, el chófer dejó su copa en la barra y se acercó con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
No me parecía atractivo, pero me prendía sentirme deseada. Cuando se subió al banco a revisar el ventilador, supe exactamente cómo iba a pagarle el favor.
Crucé la puerta de su habitación esperando encontrarlo dormido. Lo que vi me trajo recuerdos que creía enterrados, y no fui capaz de darme vuelta.
Pasaba por detrás de mi hijo con él pegado a mi espalda, conteniendo la respiración. Sabía que estaba mal, y justo por eso no podía parar.
Cuando le abrí la puerta de casa supe que esa señora iba a arruinarme la noche. No imaginé hasta qué punto, ni dónde terminaría arrodillada frente a mí.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Aquella tarde no planeábamos nada. Pero cuando se bajó el pantalón frente a mí, supe que iba a probar algo que nunca había probado.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Llevaba medio año aferrada a un recuerdo y a mis noches a solas. El viernes me quité la ropa interior en un área de descanso y conduje el resto del camino temblando.
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.