La vitamina que desató mi fantasía en el laboratorio
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Después de tragarme su corrida, cenamos desnudos en mi cocina... y el helado terminó donde los dos estábamos deseando.
Ella me chupaba en el asiento trasero cuando oí su voz junto a la ventanilla; en vez de apartarse, siguió más caliente que antes.
Cuando vi el tamaño de su verga en aquella habitación, entendí que esa noche no se parecería a ninguna de mis otras aventuras.
Me escribió meses después de mi ruptura, habló de mi polla sin rodeos y esa misma noche acabó arrodillada delante de mí con una propuesta indecente.
Tenía veintitrés años cuando me fui a pasar las vacaciones con la tía Renata, y una noche entendí por qué me miraba distinto desde la cena del domingo.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.
El mensaje llegó al mediodía: esa noche debía llevar a mi esposa al hotel y esperar en la habitación contigua, frente a una pantalla encendida.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Después de correrme en la ducha, no imaginé que esa noche terminaría entre dos hombres dispuestos a hacerme vivir justo lo que más deseaba.
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Cuando el teléfono vibró, ya estaba mojada; sabía que me esperaba en el mismo baño, con prisa, desprecio y esa polla que nunca aprendí a negar.
Nos sentamos frente a frente en primera clase y, antes de la siguiente parada, ya estaba temblando por lo que ella me dejaba ver bajo la mesa.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.