La tarde que Sandra y Valentina me eligieron
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
Cuatro semanas de silencio, una invitación casual y una sola frase antes de subir al cuarto: los esperaba a los dos. Lo que vino después nadie olvidará.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Salir con tanga y corpiño bajo las calzas era mi ritual secreto. No esperaba que alguien se animara a seguirme. Ni que yo quisiera tanto que lo hiciera.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Lorenzo no sabía lo que quería hasta que me conoció. Yo sí lo sabía desde el primer día que lo vi en la empresa.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.