La milf que se soltó con el amigo de mi hijo
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.
Después de despedir a mi hijo en la terminal, me quedé sola con su mejor amigo y ya no tuve fuerzas para seguir fingiendo que no lo deseaba.
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Cuando cerró la puerta de la oficina y me pidió que la mirara a los ojos, entendí que ya no íbamos a hablar solo de trabajo.
Cuando bajé del muro, él ya me esperaba con la polla en la mano y una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que yo iba a hacer.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.
Le pasé el pincel por el pómulo y ella cerró los ojos. Cuando los abrió, mi mano seguía en su mejilla porque yo tampoco quería moverla.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.