El daddy del Mercedes que me buscó en el pinar
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Sabía que los jueves tendía la ropa a la misma hora. Esa mañana decidí salir sin nada encima, solo para ver qué cara ponía. No esperaba que sonriera así.
Cuando ella le dijo «tirando», Tino entendió que esa palabra pesaba lo mismo que la suya: años de sábanas frías. Y en mitad de la calle decidieron remediarlo.
Llevaba años tragándome sus provocaciones y haciéndome el amigo paciente. Esa tarde de agosto, en su balcón frente al mar, algo dentro de mí se rompió.
Nunca imaginé que la mujer elegante y serena que me crió escondiera, a las dos de la mañana, a otra completamente distinta sobre el sillón del salón.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
Me sacó dos sonrisas en una semana y le di mi número. Esa tarde le enseñé, en la escalera de su edificio, todo lo que una mujer con experiencia puede hacer.
Cuando me tendió su tarjeta y me dijo que llevara hambre, supe que esa mujer no buscaba conversación: buscaba a alguien capaz de seguirle el ritmo hasta el amanecer.
Diez años después del último adiós, él la observó por encima del café y supo exactamente cómo iba a ayudarla. Y lo que pediría a cambio.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.
Le dije a mi novio que quería estar con más hombres esa noche. Él sonrió, abrió la puerta y dejó que entraran uno tras otro mientras yo perdía la cuenta.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.