Le di permiso a mi mujer y una noche por fin lo usó
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Ella calentó a medio grupo de extranjeros desde la piscina, y cuando uno se plantó frente a mi tumbona descubrí que aquel verano no íbamos a privarnos de nada.
Acepté aparecer en una casa rural, a horas de mi ciudad, para entregarme a un grupo de hombres que no conocía. Nunca pensé que me gustaría tanto.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
La foto llegó a mi correo sin remitente: la reina sonreía con la cara cubierta de leche y la corona intacta. Entonces entendí por qué siempre ganaba la misma clase de chica.
Llevaba cuarenta años esperando participar en unas elecciones. Nadie me avisó de que terminaría desnudo, persiguiendo a una desconocida entre las urnas volcadas.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Bajé al jardín dispuesta a llamar a la policía. No imaginé que terminaría de rodillas, entregada a los tres extraños que se escondían en la casa de invitados.
Detrás de la puerta esperaban siete hombres que yo no conocía. Bruno había arreglado todo, y yo solo tenía que dar tres golpes para empezar.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Los aplausos llegaron desde los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró, todavía agitada, y los encontró desnudos, esperando su turno.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.