Ella me buscó en la oscuridad, su marido al lado
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
El pantalón le marcaba cada curva mientras cruzaba el patio bajo ese sol de mayo. Magdalena sabía que la miraban. Lo que no sabía era lo que planeaban dos de ellos.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.
Tomás la miraba desde el salón con una calma que no era inocente. Lorena lo sabía. Y en lugar de ignorarlo, siguió cocinando sin apartarse.
Llegué a casa con el cuerpo encendido y los pensamientos en un lugar que no debía. Me tiré en la cama y dejé que la imaginación se hiciera cargo.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
Rodrigo me seguía con la mirada cada vez que cruzaba el salón. Lo sabía desde hacía meses, y esa tarde decidí que era hora de cobrar una deuda.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
Desde su sofá vigilaba las cuatro cámaras del piso paterno como si fueran un reality show. Esa tarde, una de las pantallas le mostró algo imposible.
Prometí ser sus ojos y sus manos hasta que pudiera valerse sola. Lo que no calculé fue lo que iba a sentir cuando le bajara la braga por primera vez.
Cuando entré al cuarto vi un sillón nuevo frente a la cama. Mi marido lo había colocado esa misma tarde sin decir nada. Ahí fue cuando entendí que ya no era una fantasía: estaba pasando.
Le confesé que siempre me había quedado la duda de cómo besaba. Él sonrió, me agarró de la cintura, y la curiosidad de veinte años se deshizo contra mi boca.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Aurora abrió el camino a los dieciocho años. Elvira tardó dos décadas en rendirse. Magdalena juraba que jamás. Aquella noche de 1975 las cuatro acabamos en el mismo cuarto.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.
Subí con una desconocida y al cerrar la puerta supe que mi vecina ya estaba apostada detrás de la cortina, lista para ver cada detalle de lo que pasaría.
Pensé que era una simple cura. Hasta que sus dedos resbalaron por mi piel y dejaron de ser los de una madre cualquiera.
Trabajábamos juntos hacía meses, hablábamos hasta la madrugada por mensajes. Pero esa noche, por primera vez, ella tocó la puerta de mi cuarto con una bolsa en la mano.
Faltaban horas para que cerraran el cajón y yo me bajaba el cierre del vestido frente a sus dos mejores amigos. Que me mirara desde donde fuera, era lo único que me debía.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.