Mi novio no sabe que la mujer del video soy yo
Cada insulto que gritaba esa desconocida enmascarada iba dirigido a una sola persona: el hombre que dormía a mi lado y me creía suya.
Cada insulto que gritaba esa desconocida enmascarada iba dirigido a una sola persona: el hombre que dormía a mi lado y me creía suya.
Él no miraba los frescos: la miraba a ella, como si fuera el material que tenía que romper. Y ella, por primera vez, quería que algo en su vida se viniera abajo.
Hace siete años que firmamos el divorcio y nunca dejé de buscarlo. Lo que extraño no es a él: es lo que me hace cuando nadie más nos ve.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Aitor presumía de que ninguna mujer se le resistía y su anciana vecina lo escuchaba divertida… hasta que el chico reveló a quién pensaba seducir esta vez.
Acepté el masaje por curiosidad y por el calor de sus manos. Lo que no imaginé fue todo lo que estaría dispuesta a pagar antes de que sonara su alarma.
Durante dos años entregó su cuerpo cada viernes para mantener vivo a su marido. Ahora él vuelve a casa, y ella no piensa renunciar a la celda que la hizo libre.
Para ella es solo cariño, una forma de cuidarlo. Para él es amor. Y entre los dos crece un secreto que late cada noche a pocos metros de su novio dormido.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que se desnudara él también. Era lo justo: él ya me había visto sin ropa en la pantalla y yo llevaba toda la tarde fingiendo curiosidad técnica.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Todos en la clínica creían que estaba loco. A mí me agarró del brazo en el pasillo oscuro y me dijo que yo era la reina que su reino necesitaba.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.
Nunca conocí a mi abuelo, pero su última voluntad me ató a una mujer que no esperaba y a una casa donde todo terminó cambiando.
Daniel dormía en el asiento de delante mientras, a un metro, su tío y su novia compartían la litera estrecha del camión. Y Noelia ya no quería dormir.
El frío casi la mata en la montaña. Cuando despertó, estaba envuelta en una manta frente al fuego, y el hombre que la había salvado la miraba como si fuera lo único vivo en kilómetros.