Mi primera vez anal con mi nueva pareja
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Empapados, a oscuras y demasiado cerca, entendí que pedirle que se quedara era dejar de fingir lo que llevaba meses imaginando.
Cuando bajé del muro, él ya me esperaba con la polla en la mano y una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que yo iba a hacer.
Llegué antes que nadie a la finca y supe por su mirada que no me había invitado para enseñarme los caballos.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Llegó con su bolso, una excusa torpe y una mirada demasiado fija en mi escote; cuando sacó aquel juguete, supe que no venía solo a estudiar.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Nunca olvidé la tarde en que sus dedos dejaron las teclas, bajaron por mi vientre y me hicieron correrme sin dejar de dar la lección.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Le pasé el pincel por el pómulo y ella cerró los ojos. Cuando los abrió, mi mano seguía en su mejilla porque yo tampoco quería moverla.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Solo iba por unas almohadas y un helado, pero ese hombre no dejaba de mirarme las piernas como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
Tenía sangre ajena en las manos cuando cerró la puerta de mi cuarto y me pidió algo que ya no sonó a orden, sino a hambre.