La bruja del pantano me marcó esa noche en el bosque
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Bastaba con poner cierto tono de voz y mi hijo soltaba el mando, mi mujer se desnudaba. Tardé dos semanas en entender qué hacer con algo así.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Llegó al claro buscando silencio y encontró antorchas, cuerpos desnudos y decenas de máscaras de ciervo que la esperaban como si siempre hubieran sabido que esa noche volvería.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Eran las tres de la mañana, la casa en silencio, y yo con el teléfono pegado al pecho esperando que esa voz sin cuerpo me dijera, por fin, todo lo que llevaba semanas imaginando.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Lo vi mirarme el reflejo en el espejo del ascensor y algo se encendió. Esa noche supe que no solo quería que me mirara: quería que viera absolutamente todo.
Nunca le había contado a nadie que mi cuerpo no respondía. Se lo confesé a ella, la amiga de mi madre, sin imaginar que terminaría enseñándome todo lo que me faltaba.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Me ordenó desnudarme en su comedor y empezar a barrer. Yo solo era su juguete esa tarde, y cada palmada en el culo me recordaba quién tenía el control.
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Sabía que esa blusa lo pondría nervioso. Lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llevarlo aquella tarde, con el departamento vacío y la puerta cerrada.
Desperté sin un rasguño en una cama que no era la mía, curada por un desconocido de belleza imposible. Lo que no me dijo fue lo que esa cura le había hecho a mi cuerpo... y a mi deseo.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Llega a las diez y media, se apoya en la marquesina y cruza las piernas. Ella no lo sabe, pero en mi cabeza ya hemos hecho todo lo que jamás nos atreveríamos.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.