La travesti que cambió el rumbo de mi viaje
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Carmen y yo teníamos todo listo cuando Sofía llegó al estudio. Era tan guapa que no pude dejar de mirarla. Nadie nos había dicho lo que encontraríamos bajo su lencería.
Me había prometido que no volvería. Tenía las palabras preparadas, la voz firme. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, todo lo que había ensayado se desmoronó.
Me maquillé durante veinte minutos, me puse la peluca castaña y abrí la puerta del hotel cuando llamó. Llevaba años esperando ese momento sin saber que lo esperaba.
Para el mundo éramos dos amigos en el bar. Solo yo sabía que llevaba un colaless negro debajo del jogger, y que él lo sabía también.
Cuando cierro la puerta, abro el cajón, saco el perfume que él eligió para mí y me convierto en quien realmente soy. Solo él lo sabe.
Llevaba meses preparando ese día: la peluca, el vestido, el lubricante. Creía estar sola en el mirador abandonado. El guardia tenía otra opinión.
La primera vez que me puse su lencería y me vi en el espejo, no supe si lo que sentí era vergüenza o algo completamente distinto.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Dos copas de vino, una bata de seda y el timbre a las diez de la noche. Era Ernesto, y esa mirada suya decía que no venía a pedir azúcar.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Pensé que había perdido la bolsa con mis fotos más íntimas. Cuando el doctor me escribió esa noche, supe que él ya había visto exactamente quién soy.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.